Os ofrecemos unas reflexiones de un artículo en el que hemos colaborado, junto con otros profesionales, donde se aborda el tema de la relación de los niños con las pantallas y aparatos tecnológicos y como intentar prevenir las adicciones en este campo: https://elpais.com/elpais/2019/10/08/mamas_papas/1570545338_529163.html

Os presentamos nuestros talleres para este curso 2019/2020, un espacio diferente para padres y madres que quieran disfrutar de su paternidad/maternidad, sin olvidarse de ser persona.

¡Pueden también venir tus hij@s y harán mientras estáis en el taller, actividades emocionantes y divertidas!

Os esperamos!!

Queremos presentaros un artículo publicado en el diaro EL PAIS, en el que hemos colaborado, donde reflexionamos sobre la socialización de nuestros hijos y cómo podemos ayudarles mejor:

https://elpais.com/elpais/2019/07/01/mamas_papas/1561965300_522356.html

 

Queremos presentaros un artículo publicado en el diaro EL PAIS, en el que hemos colaborado, donde abordamos cómo ayudar a nuestros hijos con diferentes miedos, y en concreto, con el miedo al agua, que les impide disfrutar en verano, solos o en compañía, de lagos, piscinas y mares:

https://elpais.com/elpais/2019/07/29/mamas_papas/1564390119_580340.html

Os queremos presentar el reportaje publicado en El País Semanal el 21 de Abril de 2019 y realizado por el escritor Juan José Millás, donde reflexiona sobre la ansiedad en nuestros días y nuestras maneras de afrontarla:

https://elpais.com/elpais/2019/04/15/eps/1555324939_697553.html

Es importante poner palabras a nuestros estados de emocionales para que estos no arrollen con su fuerza todo lo que les pasa por delante.

 

Los psicólogos ayudamos a poner a palabras a estados emocionales molestos o confusos y eso ayuda a poder manejarlos mejor.

 

Además de poner palabras, los psicólogos ayudamos también a ser más precisos con ellas, porque no es lo mismo “estar sumido en un pozo sin fondo” que “estar  sin ilusión por ser muy exigente”.

 

Los padres ayudan a poner palabras a las emociones de su hijos pero a veces los propios padres están tan activados emocionalmente, la amígdala de su cerebro está dando tantas señales de alarma, que salta el instinto de protección visceral, pasando  directamente a la acción e inhibiendo la respuesta del hijo.

 

¿Y entonces qué pasa?

 

Esta activación emocional en los padres provoca respuestas drásticas de todo o nada, reacciones de ataque-huida y suelen ir acompañada de frases o palabras-pánico: “se va a hundir”,  “desastre total”, “fracaso absoluto” , “lo están machacando “…

 

La consecuencia común a este estado es que los padres toman demasiadas cartas en el asunto y el hijo o la hija se acomodan, se vuelven sutilmente tiranos del “como no hagas algo, yo…”

y lo más importante, no aprenden a tener confianza en ellos mismos.

 

¿Y qué pueden hacer los padres?

 

El objetivo sería bajar algo la activación emocional para que uno pueda pensar con más claridad.

 

No se trata de dejar de sentir, porque las emociones son el motor de nuestras acciones (que motor hay más poderoso que el amor a los hijos).

 

Pero sí proporcionar más visión al amor ciego (“mi hijo no es así”) y más esperanza al amor desesperado (no podría contar cuántas veces he oído de los padres la frase sin consuelo “lo hemos intentado todo”).

 

A veces nos hacemos tanto cargo de los conflictos de nuestros hijos (con sus dificultades en las relaciones, en el estudio) que ellos se desentienden, se vuelven espectadores pasivos en un problema en el que ellos son los principales protagonistas.

 

Si como padres, bajamos la activación emocional de la amígdala, entra más en juego nuestra corteza cerebral que nos ayuda a escuchar mejor, a buscar opciones creativas y podremos ofrecer una ayuda de más calidad a nuestro hijo.  

 

Insisto, no se trata de volverse un padre racional y ecuánime, sino más bien un padre emocionalmente más inteligente.

 

Al tomar más distancia emocional, los padres son más capaces de ayudar a su hijo a poner palabras más precisas a lo que le pasa y éste vuelve a ocupar más el papel protagonista (aunque eche de menos y pida lo anterior)  de la resolución de sus problemas.

 

En el fondo, le estamos transmitiendo  que “él puede”, en el fondo, se está potenciando su autoestima.

 

Tropezar o fracasar: un ejemplo en los estudios

 

Además de padre y psicólogo, soy orientador psicopedagógico en un centro escolar.

Muchos de los padres y madres que solicitan hablar conmigo lo hacen porque su hijo no va bien en los estudios.

Su activación emocional es alta, lo cual es muy comprensible, ya que en los estudios, no sólo está en juego aprobar o suspender, sino también capacidades  cognitivas, emocionales y sociales (aprender a pensar, la perseverancia, aprender a esperar, etc.) y los padres lo saben.

 

Pues bien, los padres suelen venir a hablar conmigo, o muy enfadados (con el centro educativo, con su hijo, con ellos mismos), o muy preocupados (de no dormir por las noches)  o muy derrotados (la frase que decía antes de “lo hemos intentado todo”)

 

Quizás el factor común a todos ellos (no siempre explicitado) es el gran miedo a que su hijo no salga adelante.

 

 Como mencioné más arriba, el pánico provoca respuestas drásticas de ataque (nadie entiende a mi hijo, sólo yo sé cómo tratarle) o de huida (cambio de centro repentino o tirar la toalla).

 

Este gran miedo, sin duda, está en el ADN de todos los padres y es necesario.

Sin embargo, si se dispara y generaliza en exceso, deja de ser adaptativo para ellos y para sus hijos.

 

Consecuencias de una excesiva activación emocional en el estudio

 

En el caso del estudio, desencadena en los padres una urgencia por encontrar una solución inmediata y definitiva, cuando a lo mejor se trata de hacer pequeños cambios que van ir teniendo su efecto poco a poco.

Esto provoca que algunos padres estén más pendientes de las tareas escolares que sus propios hijos. (No es infrecuente escuchar como justificación de los estudiantes “es que a mi madre se le ha olvidado).

Y se sienten  con ellos a estudiar la lección mientras se muestran distraídos o ausentes.

Se apodera una obsesión por los resultados sin pararse a pensar más allá.

 

 

 

Pero ¿cómo bajar la activación emocional?

 

Porque también es cierto que muchos padres, a pesar de su estado inicial, logran bajar su activación emocional (yo lo veo en las  entrevistas) y logran ser más eficaces ayudando a sus hijos. ¿Cómo lo hacen?

 

Si no han podido hacerlo solos, suelen buscar un interlocutor adecuado, donde se sienten entendidos pero también calmados. (A veces es la propia pareja o una amigo o también un profesional, pero la idea es no buscar a alguien que te encienda todavía más)

 

En segundo lugar, logran reconocerse muy alterados, y eso paradójicamente les calma.

 

En tercer lugar logran escuchar otra perspectiva, sin descalificarla, aunque no se esté de acuerdo. Es otra forma de ver que complementa perspectiva como madre o como padre.

 

Están dejando intervenir más a la corteza cerebral, la amígdala está más calmada y entonces comienza la comunicación, el encuentro está empezando a ser productivo.

Y ahí es donde se abandona el todo o nada y comienzan los matices, donde podemos salir del círculo vicioso de frustración con nuestro hijo, donde el fracaso absoluto puede pasar a ser un tropiezo productivo.

 

En ese terreno, se crea un clima más propicio para que las herramientas que tanto le has dicho a tu hijo que haga (“¡organízate! ¡hazte esquemas!  ¡repasa! ¡no dejes todo para el último día! …) sean más escuchadas.

 

 

 

Queremos presentaros un artículo publicado en el diaro EL PAIS, en el que hemos colaborado:

https://elpais.com/elpais/2018/12/21/mamas_papas/1545388450_557812.html

 

Sólo algunos afortunados son capaces de no caer en la tentación de preguntarse “por qué no me responde, si lo ha leído” o de no sentir una presión severa por no contestar de inmediato, después de que alguien nos haya interpelado a través del chat del teléfono verde.

Al común de los desafortunados nos provoca irritación el que tarden “tanto” en contestarnos y sentimos la “imperiosa necesidad” de contestar ante la “cuestiones vitales” que se cuecen en cada conversación.

La “imperiosa necesidad” puede llegar a ser cómica, si levantamos la vista en un semáforo y vemos que somos varios los posesos del móvil, pero se convierte en dramática, cuando es causa de un accidente de tráfico.

La DGT achaca directamente al uso al volante del teléfono, el aumento de los accidentes de circulación en los últimos años.

 

Y es cierto que el ritmo no sólo de las conversaciones de WhatsApp, sino de la sociedad en general, es vertiginoso y abrumador.

A veces las grandes exigencias del mundo laboral, de compaginarlo con el ritmo familiar y social son un claro factor desencadenante de estrés; que no es otra cosa que tener una sensación permanente de frustración por no poder cumplir  nuestras expectativas o la de los demás .  Y que tiene consecuencias perjudiciales tanto psicológicas, como físicas y sociales.

Por lo tanto, a veces sí es culpa del WhatsApp o del ritmo infernal que impone la sociedad pidiendo todo para antesdeayer. Me decía una compañera, recientemente jubilada, que no era consciente del ritmo que llevaba antes, constantemente a la carrera.

Sin embargo, también afirmo, (como psicólogo que ha visto a muchas personas, después de un cambio interior, gestionar mucho mejor situaciones complicadas) que podemos aprender a manejar mucho mejor nuestro agobio ante la inmediatez.

 

¿Pero cómo se hace esto?

Pues hay muchas maneras de hacerlo y cada uno deberá descubrir las estrategias que mejor le vengan, pero sí que el objetivo es común, y es: (en un mundo que no es un valle de lágrimas, pero que tampoco es  ni mucho menos color de rosa) sufrir lo menos posible y saber disfrutar lo bueno.

 

Y es que ¿por qué no quitar al malestar, la prisa por resolverlo?

Porque, así como es inevitable y útil tener que hacer ciertas cosas con celeridad y rapidez, también es imprescindible (sobre todo en la esfera de las relaciones humanas) dar a cada cosa su tiempo, porque si no, añadimos más sufrimiento al sufrimiento o ansiedad al placer.

En momento grandes de duelo, como la pérdida de un ser querido o una ruptura o divorcio, pero también en conflictos cotidianos del día a día, acentuamos nuestro malestar, queriendo resolverlo inmediatamente. Añadimos un plus de sufrimiento.

Y es que ¿por qué no disfrutar sin la exigencia de que todo encaje puntualmente?

Porque también en los momentos buenos nos complicamos la vida. A veces   ponemos más el foco en lo que tendría que ser, en vez de lo que es y nuestro gozo se congela por las preocupaciones futuras y el no encaje con lo esperado.

Con frecuencia, me descubro deseando la siguiente etapa en el crecimiento de mis hijos.  ¡Joer, qué prisas!

 

¿Podemos encontrar momentos, espacios, vínculos afectivos para digerir más las cosas en una sociedad engullidora?

No es fácil, pero merece la pena encontrarlos

 

                                                    ¡Apúntate a nuestro próximo taller para descubrir más!

Muchas de las personas que atraviesan por un momento de crisis, ya sea por una ruptura reciente o por otros motivos, lo que más miedo les da es el sentimiento de tristeza y soledad.

Sin embargo, los psicólogos ayudamos a descubrir, que la pereza es mucho más peligrosa que la tristeza.


Como sentimiento útil, nos avisa para que no gastemos energía en algo que no nos va a aportar, no obstante, a veces, la pereza esconde mucho más y es ladina, porque es capaz de engañarnos discretamente (no es tan espectacular como un llanto) y de hacernos creer que todo va bien, que este estado de “ni chicha, ni limoná”, de apatía e inapetencia, es lo que hay, es lo normal.

 

Me pareció crudo pero muy ilustrativo el cuento de la “rana cocida”. Este cuento va de dos ranas, la primera se mete en una olla de agua hirviendo y al ver lo que quema el agua, es capaz de dar un par de brincos aterrorizada y salir de ahí. La segunda rana, en cambio, está en una olla de agua que se va calentando poco a poco, la rana, no se da cuenta de que el agua va subiendo de temperatura, hasta que se cuece y no logra escapar.  

Quizás no muramos cocidos, pero si la pereza nos domina, podemos llegar a pasar años de  nuestra única vida con desgana gris permanente, es lo que los psicólogos llamamos pomposamente una distimia crónica (falta de emoción) por un “duelo encubierto no resuelto”.

 

Porque nos creemos que la tristeza es lo contrario de la alegría, sin embargo, es más preciso afirmar que lo contrario de la alegría, es la pereza, la desgana, la falta de ilusión.

 

¿Y cómo recuperamos la ilusión? ¿Y cómo nos sacudimos la pereza?

Hay muchas maneras de hacerlo y cada uno encuentra su vía. En nuestra conferencia del viernes, os vamos a proponer algunas ideas fuerza que han resultado eficaces a lo largo nuestros años de experiencia terapeútica.

 

 

Howard Gardner, autor de la célebre y ampliamente reconocida teoría de las inteligencias múltiples, reflexiona en esta entrevista postulando que la excelencia profesional no se logra si no hay un equilibrio entre el compromiso,  la ética y la excelencia…